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Iniciamos el Tiempo de Adviento

30 novembre 2010

Consiste en un tiempo de preparación para el nacimiento del Salvador. Su duración es de 21 a 28 días, dado que se celebran los cuatro domingos más próximos a la festividad de Navidad. Con el tiempo del Adviento abre sus puertas un nuevo año litúrgico. Durante estas cuatro semanas la Iglesia nos invita a prepararnos espiritualmente, mediante una sincera y fructuosa conversión a Dios, para celebrar desbordantes de gozo la solemnidad de la Navidad, en la que los cristianos conmemoramos la primera venida del Señor. Al mismo tiempo, somos también convocados a permanecer expectantes ante la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. María es el personaje central del Adviento, porque ella ha acogido con corazón puro al Verbo eterno, que se hace carne en su vientre virginal, por obra del Espíritu Santo. Ella lo ha recibido en actitud de adoración y lo da al mundo generosamente, sin perderlo. Ella nos enseña a ser verdaderos discípulos de su Hijo. Si hay alguna etapa mariana a lo largo del año, esa etapa ciertamente es el Adviento. Con María inmaculada, con María virgen y madre, con María asociada a la redención de Cristo, vivimos el tiempo de Adviento y nos preparamos para la santa Navidad que se acerca. Dios, que habló en otro tiempo a su pueblo por medio de los profetas, en esta etapa final de la historia ha querido decírnoslo todo por medio de su Hijo. Dios viene en persona a hablar con nosotros, a iluminar los ojos de nuestro corazón, a decirnos que somos hijos de Dios, a mostrarnos el camino que conduce a la vida y a establecer con todos un pacto de comunión y de amistad. Ante esta condescendencia de Dios, que desea compartir nuestra condición humana para hacernos partícipes de su divinidad, todos tendríamos que abrir bien los ojos de la mente y del corazón para escuchar y acoger sus palabras de amor. Jesucristo está viniendo en cada momento a nuestra vida. Sigue llamando a la puerta de nuestro corazón. “Estoy a la puerta llamando. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré y cenaremos juntos” (Ap 3,20). Además de su presencia sacramental, Jesús viene hasta nosotros en cada persona y en cada acontecimiento, para provocar en nosotros una actitud de acogida, de adoración, de servicio. La presencia de Cristo en nuestra vida se realiza por la acción constante del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones por la gracia. Que María, la mujer del adviento, nos ayude a responder a su Hijo con generosidad y disponibilidad: Aquí estoy. “Hágase en mí según tu palabra”. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros para que experimentemos el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene. De este modo, iluminados por el resplandor de su luz, podremos caminar como hijos de la luz, venciendo y superando la oscuridad del pecado.

Ecos online – Publicación Semanal, Año 6,domingo 28 de noviembre del 2010, #246

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